domingo, 25 de marzo de 2012

Shokry Mohamed


Voy a hacer un viaje en el tiempo para rescatar uno de los mejores momentos, los martes por las mañana del año 2006, 2007. Recorría la geografía de sur a norte para ir a las clases de Shokry que impartía en Las Matas.

Mientras escribo escucho a los “Músicos del Nilo”, que me recuerda las melodías egipcias que oías a veces cuando entras por la puerta del jardín hacia la casa de Shokry y Rosa.

Recuerdo que el primer día llegué cargada de mil enseres y elementos para bailar, preparada para todo lo que pudiese demandar la clase. Yo llevaba mi velo, mi bastón, mis pañuelos de monedas, resumiendo, parecía el hombre orquesta. No llevaba aún ni un año entero bailando, pero ya sabía que quería dar clases con ese hombre. Esa convicción fue constatada en el Festival Raks Madrid de ese mismo año donde tomé cursos intensivos con Shokry, entre otros.

Bueno, pues sin más dilación, yo entré en la clase, empapada porque arreciaba una gran lluvia fuera, con mi mochila y mi bastón asido como bien podía y sobretodo, y tal vez eso fuese lo más importante, mucha, pero que mucha ilusión. La ilusión era motivada por algo que no sabría explicar con exactitud, una sensación de plenitud al ejecutar los movimientos y fundirlos con la música.

La jornada había sido ardua… Salí de casa temprano, me perdí en los transbordos del tren, en las Matas no encontraba la calle y cuando localicé la calle no supe que número era… En definitiva, llegué tarde y ya estaban tocando crótalos.

En cuanto vi a Shokry, sacó unos crótalos de un cajoncito y me los alargó. “Dios- pensé- pero esto cómo se coloca…- pensé algo presa del pánico… Mirando a mis compañeras me los puse como pude e intenté, debo decir con un éxito algo dudoso, seguir los ritmos con mis dedos. Nunca me había sentido tan perdida, pero al mismo tiempo, me sentía plena, llena y “en mi sitio”. El aroma que se filtraba en el aire despedía una fragancia a incienso y musk que nunca olvidaré. Las paredes de color morado, las fotos colgadas, la moqueta también violeta donde nos sentábamos.

Cuando terminó la clase me dirigí a Shokry, le dije que no sabía tocar aún los crótalos (una especie de castañuelas árabes, de cobre) y que aún no llevaba ni un año bailando oriental.

- Me he sentido perdida e insegura hoy, no sé qué me pasaba

- Estás empezando no pasa nada

- Bueno, ya volveré más adelante, puedo esperar Shokry

- Haremos algo, tomarás conmigo unos intensivos de crótalos y te incorporarás a las clases

- Muchísimas gracias, no sé como agradecerlo…

Él, humilde y llano como le recuerdo hizo un gesto quitando importancia al tema y muy serio me dijo:

- Sólo voy a decirte una sola cosa: “Nunca bailes con miedo”.

Cogí todos mis bártulos y me dirigí de nuevo a la estación de tren de “Las Rozas”, iba con la mochila llena de sueños, proyectos e ilusión.

A veces, el camino más largo se emprende sólo con ese equipaje de mano.

martes, 6 de marzo de 2012

La Rutina de la Bailarina


La bailarina no es un actriz que improvisa, no puedes salir al escenario "a ver qué pasa", aunque he de reconocer, que en alguna situación lo he hecho.

La bailarina prepara coreografías para sí misma y para sus alumnas, ensambla pasos y combinaciones que casen con la música, piensa en los trajes, piensa en sus desplazamientos, piensa en cómo motivar a las alumnas y cómo sacar los mejor de ellas, sin agobiarlas tampoco, es un compendio donde lo más primordial, al menos para mí como docente, es que se disfrute con danza, jamás sufrirla. Que la danza sea una disciplina que nos ayude a soltar lastres de la vida, pero que no se convierta en otra losa más.

Así me lo han trasmitido todos los profesores y maestros durante todos estos años de aprendizaje, y así procuro transmitírselo yo a la gente que acude a mis clases.

También, porque como alumna, no he querido volver donde me han tratado mal, humillado, o me han hecho pasar una clase tediosa, exenta de dinamismo y alegría, ya que pienso que la disciplina y la técnica en la danza, no tiene por qué estar reñida con un ambiente lúdico y de expansión.

En definitiva, creo que la danza no deja de ser un juego, donde la ficha es el cuerpo y los dados son la música, bailen y vean, el tablero es todo nuestro.

Jessica.