lunes, 6 de diciembre de 2010

Relato Concurso del Hammam - Mi Santuario Secreto


Era una tarde de verano, el sol quemaba como el fuego bajo los zapatos de los transeúntes, la ciudad se había convertido en el infierno de asfalto y era imposible conciliar Madrid en esa nebulosa concentrada por el calor asfixiante.

Pasaba por delante de una tetería, su fachada se hallaba coronada de arcos de madera al estilo árabe, de su interior salía un aroma afrutado, exótico. Las especias mezcladas con agua hervida despedían un sabor que podías paladear desde la puerta.

Entré, necesitaba despejarme, huir de Madrid por unos instantes, inmiscuirme en una haima pleno desierto, sentir el Cairo, el Magreb, el dulce amargor del té, que me traían recuerdos de mis viajes y de mi aprendizaje de la Danza Oriental.

No podía haber otro lugar para guarecerme de Occidente y sus designios, de sus normas y sus reglas, oriente siempre había sabido educar y contener mi alma errante, había sabido comprenderla

mejor y mimarla. Sin ninguna duda, en la Plaza de Benavente de Madrid, un templo disfrazado de restaurante me esperaba para darme el momento del día. Mi momento.

Me senté en una de las mesas, y pedí mi té favorito de la carta, pakistaní, una mezcla de canela, naranja, leche y otros manjares que hacían delicioso cada sorbo. El té sirve para pensar, reflexionar, sonreír y llenar el corazón de paz. Comprende lo que necesitas, o te calma o te energiza. A mí en ese momento me calmó. Afortunadamente.

-“Cuánto me gustaría bailar aquí” -pensé en voz baja-. Ese sitio no sabía que acogía mis sueños para bailar algún día entre sus paredes llenas tapices, velas y lámparas de cristal.

De repente el camarero, que me había atendido, se acercó sonriente hasta mi mesa con las manos enlazadas atrás.

- ¿Eres bailarina de Danza Oriental?

- Mmmm... Sí...- dije sonriendo tímidamente. Lejos de mi intención algo me había delatado.

- He visto que te costaba no seguir el ritmo de la música mientras tomabas el té.

Seguí sonriendo, no podía evitar sentir un poco de vergüenza, por no poder estarme quieta.

-Déjame tu teléfono para bailar aquí algún día, si quieres- dijo cortésmente el camarero que

tenía rostro de duende, a juego con la fantasía del restaurante.

Me dispuse a anotarlo en una servilleta, algo no muy ortodoxo, pero el calor y los medios que poseía no me dejaban opciones más atractivas, como presentar un currículum, carta de presentación... Tal vez, las mejores cosas pasen así, sin más. Pagué y me marché, agradeciendo con mi sonrisa la amabilidad del camarero. Porque hay días que aunque tú no te veas, los demás, gente especial, consigue verte y dar luz a ese día ensombrecido.

En el local de al lado había una puertezuela de madera, de donde salían vahos, comocon olor a canela y a hierbas purificadoras.

¿Dónde estaba? ¿El té me había sentado tan mal?

Poseída por una fuerza hipnótica abría la puerta y vi la información del sitio: era un Hammam, unos baños árabes aposentados en antiguos aljibes que vertebraban Madrid por abajo. Así como la expresión tan castiza que dice: “De perdidos al río”, yo hice la mía propia: “De perdidos al Hammam”, ningún sitio mejor para encontrarse lejos del bullicio mundanal de arriba.

Después de darme una ducha grata y tonificadora, me introduje en las termas, no oía nada, no tenía problemas y el agua calmaba mi piel crispada por el estrés diario, mi cabello, ondeando sobre el agua clara, los chorros de agua, surcando por encima de mi cabeza y dándonos la mejor canción que se puede escuchar.

De repente dejé de sentir angustia, temor, acritud.

Era una pequeña tregua en el día en la batalla de la vida que a veces nos toca lidiar.

Era un día entre semana por la mañana y prácticamente tenía las termas en exclusiva para mi disfrute.

En un momento cerré los ojos y me sumergí entera en el agua, hasta la nariz, para poder respirar mientras pensaba.

Hice algunas peticiones, una de ellas fue que un familiar que llevaba un tiempo en el hospital luchando contra la enfermedad se recuperase pronto, pedí salud, pedí paz, armonía y lo último que proyecté en mi cabeza fue que bailaba en la tetería donde había estado hacía un rato. Alegre y llena de felicidad.

Después de eso, seguí mi peregrinaje de una a otra terma, haciendo alguna parada para tomar té que salía de una fuente.

Mi piel respiraba y mis pulmones se habían abierto gracias a los vapores de menta y eucalipto de la sauna.

Salí de allí.

Me sentía distinta y llena de vida de nuevo, como si el agua hubiese arrastrado el calor y la pesadez física que sentía antes de entrar allí.

Volvía al mundo real, pero con un extra de esperanza, de templanza y de fuerza.

Al poco tiempo de esto, nos comunicaron que mi familiar estaba recuperándose, se acababa la incertidumbre, los días de hospital, y las vueltas a casa sin esa persona.

Como un mal recuerdo, se extinguía el espejismo del miedo en nuestras caras, y los días nublados aunque estuviésemos en verano.

Cuando ya no me acordaba del día del Hammam, me llamó un número que no conocía, era la encargada de la tetería, quería que fuera esa misma semana a bailar, y pareció el broche de oro a una temporada tumultuosa de mi vida, que ahora recuerdo desde la distancia.

Después de bailar allí ese día, me hice la promesa, de que por muy mal o muy bien que fuesen las cosas, y por gratitud al santuario de los baños árabes, cada cierto tiempo, me dejaría caer de nuevo por allí, para dedicarme unos momentos bajo el silencio del mágico elemento, para imaginarme mundos mejores bajo el agua, y tener la libertad y el placer de soñar en el subsuelo acuoso de Madrid.

Jessica. León.